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CDMX: buenas obras

 

Se dice que obras son amores, y las que se han realizado en nuestra ciudad recientemente son tanto útiles, como importantes. Sin embargo, estamos tan acostumbrados a creer que todas las acciones del gobierno son corruptas o mal intencionadas, que ese prejuicio nos impide evaluarlas objetivamente.

Desafortunadamente, se nos ha condicionado a ver todas las cosas en blanco o en negro, que no nos damos cuenta que regularmente están en una escala de grises. No hay acciones, figuras u obras públicas que sean buenas, puras, o incorruptas. Todas son producto de intereses, muchas veces motivados para promover figuras y partidos políticos, que no están libres de actos corruptos, irresponsabilidades o negligencias de los que las realizan.

La creencia de que hay personajes incorruptibles y puros, no es más que un mito que facilita el adoctrinamiento de quienes lo toman como una verdad incuestionable.

La realidad es mucho más compleja y difícil de conocer. Lo que ayuda a comprenderla es darse cuenta de lo negativo –o positivo– que resultan para la mayoría las obras públicas que se realizan; que siempre representan un riesgo. Ejemplos hay muchos, como las broncas por la construcción de la Línea 12 del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro, que –como es costumbre– envolvieron hasta al Jefe de Gobierno. Independientemente de quiénes hayan sido responsables, y fueron muchos, lo evidente es que es una obra muy importante que, durante años se prefirió postergar, para no tener problemas, aunque era necesaria para millones de personas. Ante esta actitud irresponsable, hay que reconocer que es más arriesgado y difícil hacer, que
no hacer nada.

Las obras en la  Ciudad de México que han sido publicadas por Excélsior (31/12/2017), dan una clara idea de su magnitud e importancia para los habitantes de la ciudad: como la planta de biodigestión que dará tratamiento a 13 mil toneladas de desechos, que es la más grande en Latinoamérica; el paso a desnivel de avenida Insurgentes-Río Churubusco; el parque público La Mexicana, en Santa Fe; el parque lineal en el Viaducto; la rehabilitación de fuentes y áreas verdes; el corredor deportivo en Iztacalco o el estacionamiento de bicis en el Metro La Villa –que debería de replicarse en las principales estaciones del Metro–.

A esta lista hay que añadir la rehabilitación de la Línea 12 del Metro, y de avenidas, calles y parques, incluidos los pequeños (pocket-parks), en los que se han aprovechado muchos espacios que durante años estuvieron abandonados.

Es evidente que, sin importar fidelidades a partidos o a figuras políticas, esas son obras que son de gran valor y que justifican una evaluación positiva, que está lejos de las descalificaciones a las que desafortunadamente estamos tan acostumbrados.

Falta mucho por hacer en una ciudad, y en una zona metropolitana, que requieren miles de millones de pesos para remediar los grandes problemas que enfrentan.

Lo primero que se requiere es que los gobiernos de esas entidades entiendan que únicamente con la colaboración y la disposición de resolver problemas de escala metropolitana, como deben hacerlo las comisiones que se han integrado, se podrán realizar acciones, planes y obras de esa escala.

Se requiere una actitud de las autoridades que considere primero el interés de los 21 millones de habitantes que vivimos en el Valle de México, y que esté por encima de fidelidades partidistas y de periodos sexenales. Esa actitud debe tener una visión a largo plazo; aunque por ahora eso parece poco probable.

 

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