Opinión

Hermann Bellinghausen: El asesinato del maíz

La ciencia no es una religión, pero es capaz de cometer altos crímenes como si lo fuera. La historia moderna abunda en ejemplos. Aunque todos se originan en meticulosas y hasta geniales razones, cuando cumplen sus propósitos causan un daño inmenso en el blanco elegido. Cuando el fin es explícitamente bélico, de destruir se trata. Cuando suceden en tiempos de paz, con fines se supone que constructivos, los crímenes no lo parecen, obedecen a un “bien mayor” o son negados como daño colateral bajo montañas de mentira, dinero gratis y propaganda. La industria farmacéutica ofrece un ejemplo monumental. De las ciencias del espacio a Internet, los grandes avances tienen origen y fines militares. Así la bio y la agrotecnología, cuya base empírica alcanza las últimas fronteras de la mejor ciencia, pero al carecer de ética, las rebasan impunemente, son parte del arsenal de guerra.
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