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Todos por México con José Antonio Meade

 

Los actos de elección de los principales candidatos a la Presidencia de la República, ocurridos el pasado domingo, retratan de cuerpo entero a los partidos que los respaldan y la naturaleza moral de los aspirantes.

Por una parte, tenemos la confirmación del candidato de la coalición PAN-PRD-MC, en medio de graves cuestionamientos de uno de los más conspicuos miembros del panismo, el gobernador Javier Corral, quien denunció el despotismo con que Anaya toma las decisiones en su partido y la forma en que antepone su ambición personal al interés partidista.

Apenas llenó un auditorio no mayor de diez mil personas y eso gracias a las huestes que prestaron las tribus perredistas, en su mayoría inconformes por la adopción de un candidato de derecha al que difícilmente apoyarán en las urnas y en violenta disputa por las migajas de una coalición vergonzosa.

Anaya dedicó su discurso a pelear con sus fantasmas y confesar su admiración por la filosofía del presidente Peña Nieto, al decir que “no se dedicará a administrar la mediocridad”, justo la bandera del jefe del Ejecutivo federal al impulsar el Pacto por México.

Y qué decir del acto de consagración del dueño de Morena. Fue un mero trámite para formalizar la obsesión presidencial del Mesías Tropical, agravada por la inquietante confesión de su íntima convicción: “Gobernar con terquedad, rayando en la locura”. ¿Así pretende ser tomado en serio? Agregó un catálogo de buenos propósitos producto del voluntarismo de la “autocracia iluminada” y su “prédica del odio desde el poder… que polariza a la sociedad”, según lo describió Enrique Krauze en un artículo reciente.

Todo esto fue envuelto en una de las operaciones políticas más cínicas y antidemocráticas de que se tenga memoria en México, como es la postulación a candidaturas plurinominales de personajes perseguidos por la ley, señaladamente corruptos y traidores a la sociedad y a los trabajadores, como Napoleón Gómez Urrutia, postulado por Morena a un escaño en el Senado de la República.

En el caso del PRI, el acto celebrado en el Foro Sol confirma la enorme capacidad de movilización de este partido que deriva de su fuerte presencia en todo el territorio nacional y en los diversos sectores sociales. Más de 35 mil asistentes demostraron con júbilo el ánimo de triunfo de una militancia convencida de las propuestas y el perfil de sus candidatos, así como de la apertura del partido a la participación de ciudadanos simpatizantes como José Antonio Meade, electo candidato a la Presidencia de la República.

Meade demostró en su intervención por qué el priismo confía en él como el mejor abanderado ante los retos del país. Con una visión crítica de la situación nacional, convocó a hacernos “cargo de las expresiones de malestar y decepción…(y) del profundo malestar que existe en los mexicanos por actos de corrupción que laceran y ofenden la dignidad”.

Con una visión de futuro que contrasta con la obsesión de sus contrincantes por el pasado, planteó tres objetivos centrales: Hacer de México una capital mundial del talento, poner a las familias y las mujeres en primer lugar y encabezar un gobierno a la medida de la necesidad de cada mexicano.

Estas son las alternativas políticas que tienen los ciudadanos. Entre la demencia declarada de uno y la violencia y el despotismo de otros, sólo José Antonio Meade genera confianza y seguridad y, de esta forma, avanza dando certidumbre y soluciones creativas y ambiciosas para hacer de México una potencia.

                *Secretario general de la CNOP.

 

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